Del derecho y del revés

Blog del ciclo creado y coordinado por Laura Capella

Refundación del humanismo

por Julia Kristeva (recopilado por Laura Capella Jiménez)

¿Puede decirse que se ha puesto en marcha una refundación de la existencia humana?1

Entiendo su pregunta: este conocimiento ¿sigue teniendo su lugar en nuestro mundo oprimido por las guerras religiosas y la técnica?

Tras haber constatado que el humanismo racionalista había fracasado en el totalitarismo en el siglo XX, y anunciado que fracasaría también en la automatización económica y biológica que amenaza a la especia humana en el siglo XXI, hace poco dos interlocutores prestigiosos, Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, tomaron la palabra para declarar (Los fundamentos prepolíticos del Estado democrático) que nuestras democracias modernas están desorientadas a fuerza de estar privadas de una autoridad superior confiable, única capaz de regular el curso desenfrenado de la libertad. Esta convergencia del filósofo y el teólogo da a entender que el retorno a la fe se impone como único recurso, propio para imponer una estabilidad moral frente a los riesgos de la libertad. En otros términos, ya que las democracias constitucionales necesitan presupuestos normativos para fundar el derecho racional, y dado que el Estado secularizado no dispone de lazo unificador (Böckenförde) , sería indispensable constituir una conciencia conservadora que se nutra de la fe (Habermas) o que asegure una correlación entre la razón y la fe (Ratzinger).

Como contrapunto a esta hipótesis, les propongo pensar que de ahora en más, en las democracias avanzadas en particular, estamos confrontados con experiencias prepolíticas o transpolíticas que vuelven caduca toda apelación a la conciencia normativa y al dúo razón/revelación, ya que se encaminan hacia una refundación del humanismo surgido de la Aufklärung sin recurrir a lo irracional. Es precisamente en ese punto neurálgico de la modernidad donde se sitúan la experiencia literaria –con el pensamiento teórico del que es inseparable- y el descubrimiento freudiano del inconsciente. No ignoro, no ignoramos que su aporte respectivo a la complejización del humanismo de las Luces no  ha sido entendido en su alcance pre y transpolítico, como capaz de fundar ese lazo unificante que le falta a la racionalidad política secularizada. Tal es, sin embargo, la hipótesis –alternativa al diapasón  Böckenförde/ Habermas/ Ratzinger- que defiendo en mis escritos y hoy con usted.

Contrariamente a lo que se nos querría hacer creer, en realidad el choque de religiones no es un fenómeno de superficie. El problema de este comienzo del tercer milenio no es la guerra de religiones sino la falla y el vacío que separan de ahora en adelante a aquellos que quieren saber que Dios es inconsciente y aquellos que prefieren no saberlo, para gozar mejor del espectáculo que anuncia que Él existe. La mediatización globalizada sostiene con toda su economía imaginaria y económica esta segunda preferencia: no saber nada para gozar mejor de lo virtual. En otras palabras, gozar de ver promesas y conformarse con promesas de bienes, garantizados por la Promesa de un Bien superior. Esta situación, en razón de la globalización de la denegación que le es consustancial, no tiene antecedentes den la historia de la humanidad. Saturada de iniciativas de seducciones y de decepciones, nuestra cultura catódica se ha revelado propicia para la creencia. Y este es el punto en que resulta favorecida por el retorno o el revival de las religiones.

Nietzsche y Heidegger nos han advertido: el hombre moderno padece la ausencia de un mundo sensible y suprasensible con poder de obligación. Esta aniquilación de la autoridad divina, y con ella la de cualquier otra autoridad, estatal o política, no conduce obligatoriamente al nihilismo. Ni su reverso simétrico que es el integrismo al acecho de los impíos: al hacer de lo divino un valor, incluso el valor supremo, los trascendentalistas coinciden con el utilitarismo nihilista. Pero, ¿cómo saberlo hoy sin caer en la ilusión de un humanismo estrechamente racionalista o en una espiritualidad romántica?

Pretendo que la alternativa a la religiosidad en ascenso, así como su reverso que es el nihilismo estrecho, procede precisamente de esos lugares de pensamiento que tratamos no diré de ocupar sino de hacer vivir. Pero, ¿cuál nosotros?

Nosotros, para quienes el ordenamiento en el vasto continente de las ciencias humanas surge de nuestra implicación en las lenguas y en al literatura. La literatura, la escritura constituyen una experiencia del lenguaje transversal respecto de las identidades (sexuales-gender 2 , nacionales, étnicas, religiosas, ideológicas, etc.) Ya sean cómplices u hostiles al psicoanálisis, la literatura y la escritura elaboran un conocimiento arriesgado, singular y que se debe compartir sobre el deseo de sentido anclado en el cuerpo sexuado. Al hacerlo, la literatura –la escritura- jaquean al dúo metafísico razón versus fe, alrededor del cual antiguamente se constituyó la escolástica. Nos invitan a construir un discurso interpretativo, crítico y teórico, resultante de los avances de las ciencias humanas y sociales, y capaz también de implicar la subjetividad del intérprete mismo. ¿Cómo?

Aquellos que se exponen a la experiencia literaria y, de una manera diferente pero cómplice, aquellos que se exponen a la experiencia psicoanalítica –o que simplemente están atentos a sus cuestiones centrales –saben que la oposición razón/fe o norma/libertad ya no puede sostenerse si el ser hablante que yo soy ya no piensa como dependiendo de un mundo suprasensible con poder de obligación. También saben que ese yo que habla se devela a sí mismo en tanto y en cuanto se construye en un lazo vulnerable con un objeto ajeno, o un otro ek-stático, un ab-yecto: es la cosa sexual (otros dirán: el objeto de la pulsión sexual cuya onda expansiva es la pulsión de muerte). Ese lazo vulnerable con la cosa sexual y en ella –sobre la cual se apoya el lazo social o sagrado- no es otro que el lazo heterogéneo, la frontera misma entre biología y sentido de la que dependen nuestros leguajes y nuestros discursos, los cuales han sido modificados por ella o que, inversamente, modifican el lazo sexual mismo.

En esta intelección de la aventura humana, la literatura y el arte no constituyen un decorado estético, así como tampoco la filosofía o el psicoanálisis pretenden aportar la salvación. Pero cada una de estas experiencias, en sus diversidades, se propone como el laboratorio de nuevas formas de humanismo. Comprender y acompañar al sujeto hablante en su lazo social con al cosa sexual nos da una oportunidad de hacer frente a las nuevas barbaries de la automatización, sin el recurso a las barreras que levanta el conservadurismo infantilizante y liberados del idealismo miope con el que se adormece el racionalismo banalizante y mortífero.

No obstante, si la aventura que estoy esbozando, atenta y abierta a la escucha de la literatura y de las ciencias humanas del siglo XX, permite presagiar alguna reestructuración e incluso alguna refundación del humanismo, se puesta en marcha y sus consecuencias no pueden ser, parafraseando  una frase de Sartre, sino crueles y de largo aliento.

Formé parte de esa generación que rechazó el humanismo blando, esa vaga idea-del-hombre vaciada de su sustancia, ligada a una fraternidad utópica que se reivindicaba iluminista y parte del contrato posrevolucionario. Hoy en día, me parece no sólo importante sino posible retomar de otro modo estos ideales, pues estoy convencida de que lo que suele llamarse la modernidad, tantas veces vituperada, constituye un momento crucial en la historia del pensamiento. No hostil para con las religiones, y aún menos complaciente con ellas, este pensamiento que reivindico es quizá nuestra única oportunidad frente al ascenso del oscurantismo y a su reverso, que es la administración técnica de la especie humana 3.

Probablemente sea más difícil en Estados Unidos que en Europa defender el rol refundador que pueden asumir las Humanities en un campo social y político amenazado de desintegración, tal como lo vivimos, de un modo diferente pero similar, en todos los países del mundo actual. Con todo, insisto en esta defensa, no sólo porque es en esta convicción donde se sostiene mi trabajo intelectual, sino porque estoy convencida de que es importante tomar conciencia de ella, una conciencia orgullosa para contrarrestar la tentación de la depresión que embarga y amenaza al investigador, al intelectual, al escritor situados en el imperio de cálculo y del espectáculo. Y también para dar a oír la necesidad de una participación más valiente, más adecuada para el gran público en esta democracia de opinión en la que se ha transformado la sociedad del espectáculo moderno.

-Usted habla de la experiencia literaria y, sin embargo, muchas veces,  en sus escritos, fustiga el devenir-mercancía o el devenir-fetiche de las obras de arte, ya se trate de literatura, de pintura o de cine… Sin embargo, usted parece conceder un lugar importante, al “genio” y a su potencialidad de “rebelión”. ¿No serían acaso una nueva esperanza…religiosa? ¿Algo como la búsqueda de una comunidad tácita e inconsciente con una voluntad universal que nos trasciende?

La noción de genio vehiculiza, en nuestra cultura, una genealogía cuya riqueza ojalá me conduzca a esclarecer el sentido que le otorgo en nuestros días. Y quizá también a captar mejor aquello que Freud pensaba cuando decía que no se trata de fundar una religión sino de sublimar la necesidad de creer…

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1.- Julia Kristeva, Esa increíble necesidad de creer, Pág.37, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2009
2.- Género
3.- Las negritas son de Laura Capella.

 

 



Categories: Épocas, Resistencia

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